martes, 3 de octubre de 2017

Vivir como resucitados


- Vamos a ver José, si tú hubieras tenido la oportunidad de morir en la cruz como lo hizo Jesús, ¿qué hubieras hecho?


Esa fue la pregunta que le hizo una mujer a su hijo de apenas 10 años para saber hasta dónde había calado el mensaje de la pasión de Cristo.

- Si sé que voy a resucitar al tercer día hubiera hecho lo que hizo Él



Ciertamente que para muchos cristianos la resurrección es esencial, pero no sé hasta donde vivimos como resucitados y hasta donde ha calado en nuestro pueblo el sentido de la cruz y la resurrección de Cristo.


La respuesta de este niño de 10 años refleja el común denominador del modo de pensar de nuestro pueblo creyente. Cada año celebramos el misterio de la Pascua, días en los cuales los cristianos hacemos un alto en el camino para conmemorar la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Puede ser que la repetición anual de estas fiestas nos ha llevado a caer en una especie de costumbre o incluso folclore vaciado del verdadero sentido cristiano. Es posible que muy poco se viva el sentido de la resurrección porque menos aún se vive el sentido de la pasión y muerte de Cristo. 


El cristiano de hoy requiere una seria reflexión sobre la resurrección de Cristo. 




En efecto, la resurrección de Jesús de entre los muertos no es algo que sólo le afecte a Él como persona, sino que se ha convertido en el misterio central de nuestra fe porque en su resurrección todo aquel que le acepte y le siga tendrá la misma suerte. Ya lo dijo San Pablo:
 “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe” (1Co. 15,17 ) 
No tendría sentido creer en Él. No valdría la pena seguirle a Él más que a cualquier líder carismático de la historia de la humanidad.

A muchos cristianos de hoy les cuesta asimilar y aceptar en sus vidas que Cristo no solo ha muerto, sino que, una vez resucitado, ya no muere más. 

Ahora bien, creer en la resurrección es creer y aceptar al Dios de la vida y por lo tanto hacer una opción por la vida en todas sus formas. Implica encontrar solo en Cristo una razón para seguir viviendo a pesar de las adversidades y los escollos que se nos puedan presentar. Es decir con San Pablo: 
“Mi vivir es Cristo” (Fil. 1,21). 

Es ver las cosas con una óptica diferente; es enfrentar los problemas que puedan presentarse sabiendo que: 
 “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil. 4,13 ).





 Es sonreír donde otros lloran; es tener esperanza donde otros la han perdido; es levantarse donde otros, una vez caídos, permanecen postrados…, es vivir donde otros no encuentran más que muerte.


Hoy más que nunca nos urge vivir la resurrección en nosotros. 


Hay demasiada tristeza en nuestras celebraciones litúrgicas o se ha caído en la rutina del ritualismo. Poco a poco nos hemos ido masificando y el evangelio desde sus comienzos ha requerido ser personalizado.

 


Aceptar a Cristo requiere tener un encuentro personal con Él y dejarlo ser Dios en nosotros. Vivir como resucitados es tener una vida nueva que irradie paz, alegría y esperanza en nuestro entorno.




Pbro. David Trujillo.
Párroco

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