jueves, 22 de marzo de 2018

Pobreza Evangélica: ¿Actitud humana o divina ?


Partiendo desde la dimensión espiritual - transcendental, se puede señalar que la pobreza evangélica proviene del alma, no es una cuestión de dinero, sino un asunto del corazón.

Por tanto, el hecho de que no se posea una fortuna, no es de por sí una virtud, al contrario, no se puede poseer ningún valor, pero si tener la actitud del rico.

Sin embargo, se puede también disfrutar de muchos bienes y tener la cualidad del pobre. En este sentido, la pobreza evangélica es una actitud espiritual, a la cual todos somos invitados prescindiendo de nuestras disposiciones económicas.

Pobreza Espiritual




¿Cuál es, entonces, la actitud de pobreza espiritual? Aun cuando el pobre está dispuesto a dejarse poner en duda y cuestionarse por Dios siempre de nuevo. Acepta también dejarse arrojar de sus posiciones, de sus estructuras, de sus principios, de todo lo que le es propio. En todo caso, se muestra la felicidad de los que están convencidos de que nadie es dueño de sí mismo y que Dios puede pedirlo todo.


Mientras que sólo el pobre sale de sí mismo, se pone en camino. Es el que no se resigna a estar tranquilo, el que acepta ser interpelado por la Palabra de Dios. Por eso, Abraham fue el primer pobre, el primer fiel a la voz de Dios, cuando el Señor le dijo:

“Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré”. (Gen 12,1).

No obstante, Abraham escuchó la Palabra de Dios, creyó en ella, abandonó su país, el sitio cómodo donde vivía, dejó sus bienes, sus hábitos, su pasado, y se puso en camino. Y partió, “sin saber a dónde iba” (Heb. 11,8) “señal infalible de que estaba en el buen camino”, como indica San Gregorio de Nicea, uno de los Padres de la Iglesia. Es por ello que el pobre se da cuenta de que depende totalmente de Dios. Tiene el sentido de su limitación humana. En el fondo, cada hombre tal vez sin saberlo es un pobre.

Finalmente, la pobreza material es bienaventurada porque es el signo visible mucho más profundo y universal: nuestra carencia moral, nuestra fe mezquina, nuestro amor anquilosado. Sin duda, que todos somos pobres ante Dios, con nuestra culpa, nuestra miseria, nuestra deficiencia pero no todos lo reconocemos ante Él.



Sólo aquel que conoce y reconoce su debilidad y pequeñez ante Dios, pone toda su confianza en Él, espera todo de Él, busca su protección. Es por ello que en esa actitud de pobreza espiritual se vacía de sí mismo, porque está abierto, disponible para Dios y hay lugar para la acción divina. Resulta claro, es lo que promete el profeta Sofonías: “Yo dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, y ese resto de Israel pondrá su confianza en el nombre del Señor” (Sof. 3,12). En definitiva, la pobreza evangélica se traduce en vivir la pobreza de Cristo y la riqueza de Él.




Autor: Ardis Arteaga @ardisarteaga 
Publicado Por: Pastoral de Medios de Comunicación
Parroquia "La Resurrección del Señor"

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