martes, 10 de septiembre de 2019

Verdadero Discipulado


Comenzaba yo la homilía del domingo pasado con una historia un tanto particular. Se trata de un sacerdote que, en plena misa, ve entrar dos personas fuertemente armadas. Todos se quedaron viendo visiones. Pensaron lo peor…, uno de ellos le pidió al padre que le prestara el micrófono a lo que el clérigo accedió rápidamente de modo nervioso. El hombre en cuestión dijo claro y fuerte: “Quien esté dispuesto a recibir una bala por Cristo que se quede, los demás que se vayan”. Las tres cuartas partes de los presentes salieron corriendo de la iglesia; solo una pequeña cantidad se mantuvo en su sitio. Al mismo sacerdote le pasó por la cabeza salir corriendo pero pudo más la vergüenza que el instinto de conservación y no se movió. Después de la estampida el hombre le dio al señor cura: “Padre siga usted con la homilía. Estos sí son discípulos de Cristo, los que se fueron no eran más que una partida de hipócritas”. 

Este cuento viene a colación porque el evangelio del domingo XXIII del tiempo ordinario en el ciclo C nos interpela sobre nuestro discipulado. Comienza acotando que eran muchos los que caminaban junto a Jesús. No obstantes no todos eran considerados discípulos. 

Es posible que muchas de aquellas personas caminaban junto a Jesús por curiosidad. Quizás querían oír de primera mano las palabras que a otros les hacía arder el corazón. Otros lo han podido hacer porque simplemente no tenían otra cosa mejor que hacer o en qué gastar el tiempo o ya era una costumbre caminar junto al que tenía algo qué decir. Es posible que no faltaran los que tenían algún interés o bien porque deseaban curarse o deseaban que Jesús curara a un familiar. Hoy día son muchos los que “caminamos” al lado de Jesús pero no somos discípulos suyos porque no le seguimos. Es decir, no pisamos por donde él pisa. Hay quienes han nacido y se han criado en un ambiente cristiano e incluso dicen identificarse con la fe cristiana, pero no son discípulos de Jesús simplemente porque no hacen vida sus enseñanzas. 

Para ser discípulo de Jesús ciertas condiciones aplican. En este evangelio se nos hablan de dos. Tratemos de analizarlas… 

-La primera de las condiciones es que no lo antepongamos por nada ni por nadie. Es decir, por encima de Dios no pueden estar ni nuestros padres, ni familiares ni siquiera nosotros mismos. Pero entendamos una cosa: Si somos de verdad discípulos de Jesús no podríamos descuidar o abandonar a nuestros padres, parejas y demás familiares. Dios no es Alguien que se oponga a nuestros seres queridos, sino que el amor a Él implica y se refleja en ellos. Mal podría ser yo discípulo de Cristo si no cumplo con el cuarto mandamiento…, pero la exigencia de Jesús es aún más radical. 

Negarme a mí mismo significa hacer las cosas que Él me pide y preferirlas antes que las mías propias. Tiene que ver con controlar mi lengua, mi vista y mis oídos. Canalizar los sentimientos que se pueden ir albergando en mi corazón. 

-La otra condición es tomar mi cruz y seguirlo. La cruz a la que el evangelio se refiere es la que nos libera y nos hace más humano. La que consiste en eliminar de nuestros corazones los sentimientos que no son los de Cristo como el odio, la envidia, el resentimiento..., y alimentar el amor, el perdón, el servicio…, Santa Teresa de Calcuta decía: “Amar hasta que nos duela”.

Pbro. David Trujillo

No hay comentarios:

Publicar un comentario