martes, 22 de octubre de 2019

Oración y Justicia



El evangelio del domingo XXIX del tiempo ordinario nos trae como tema fundamental la oración y de modo circunstancial el tema de la justicia. Tratemos de ver qué enseñanza podemos sacar de la liturgia de este domingo.

En la primera lectura se nos narra el pasaje en el que Moisés logra la victoria de Israel sólo con su oración. Tal y como lo presenta el texto, el triunfo de Josué se debió a la poderosa intercesión de Moisés.

Más allá de creer que la oración por sí sola vence batallas hay que recordar que por sí sola la oración es ineficiente. En la oración no podemos pretender que Dios haga, sin esfuerzo de nuestra parte, lo que nos corresponde solo a nosotros.

La oración nos ha de motivar a discernir el modo en que Dios quiere que luchemos. Jamás deberá verse como un subterfugio para alienarnos y eludir nuestros problemas. Nos ha de ayudar a tomar las mejores decisiones.

Además existen batallas que se libran dentro de nosotros mismos que sin oración serían imposible de vencer. Entre ellas podemos enumerar nuestros egoísmos, soberbias y resentimientos. Hay que reconocer que no es fácil perdonar a quienes nos han causado heridas; bajar la cabeza y aceptar que no siempre las cosas son como a mí me agrada o como yo quisiera no es fácil; cuando nos experimentamos autosuficientes y pensamos que los demás solo están para complacernos y hacer nuestra santa voluntad se nos hace cuesta arriba admitir nuestra equivocación.

Pero peor aún, nos cuesta un mundo pasar la página y en muchas ocasiones vivimos en el pasado. Morimos con aquel que ya se fue y nuestra vida se vuelve vegetativa. En estos y otros muchos casos la oración es el arma con la que contamos para salir adelante. Pero la oración para que sea cristiana ha de ser constante. De hecho el evangelio nos hablará precisamente de esta característica. La oración es como el volante de nuestra vida, no como el caucho de repuesto al cual acudimos en determinados momentos de nuestro viaje.

La parábola del juez inicuo nos recuerda que el Justo Juez sí nos hará justicia lo antes posible. Y es que el término justicia en la biblia habla de la perfecta comunión con Dios; habla de santidad.

Ciertamente que Dios no tarda en darnos las herramientas que nos hacen falta para alcanzar su misericordia y entrar en comunión con Él. Ciertamente que nos “justifica”, es decir nos hace santos si de verdad estamos dispuestos a pagar el precio que no es otra cosa que obedecerle a Él. Pero quisiera aprovechar la oportunidad de esta parábola para hablar de lo que es la justicia humana que poco tiene que ver con la justicia divina.

Para nosotros justicia es darle al otro lo que el otro se merece. Cuando alguien conculca nuestros derechos nos ofuscamos y exigimos que se nos haga justicia. Eso es un derecho y jamás deberíamos de aspirar a menos. Pero llamo la atención en el hecho de ser tan lentos a la hora de reconocer cuando somos nosotros quienes caemos en la injusticia para con los demás. Injusto son los padres que no se responsabilizan de sus hijos o los hijos que se olvidan de sus padres porque ya son ancianos o están enfermos; injusto es quien habiendo prometido fidelidad a su pareja le es infiel; injusto es quien le niega a sus semejantes un trato digno y respetuoso. Injusto en fin es quien no cumple con sus obligaciones y no hace lo que debe. Si deseamos reclamar justicia procuremos ser justos.

Pbro. David Trujillo

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