miércoles, 15 de julio de 2020

Desmitologizando V

“Cristo ante la pobreza”



Este artículo es la segunda parte del anterior en el que hablábamos de la actitud de Cristo ante las riquezas.

Me pareció oportuno tratar estos dos temas por separado dado lo mucho que se puede sacar de ambos tópicos. En torno a la pobreza mucho se ha dicho y es por eso que deseo empezar distinguiendo la pobreza de la que nos habla el evangelio de cualquier otro tipo de pobreza.

1.- Pobreza evangélica.

Jesús nació pobre y vivió entre los pobres. Nos dirá el documento de Puebla (1979) que “hizo una opción preferencial por los pobres”. En los evangelios existe la tendencia a presentar a Jesús siempre en medio de la “gente pobre”. Pero la pobreza a la que se refiere el evangelio tiene más que ver con la actitud de sencillez y mansedumbre de aquellos con quienes se codeaba Jesús.

En las bienaventuranzas se les llama dichosos a los pobres porque de ellos es el reino de los cielos (Mt. 5, 3) y en otro pasaje se dice: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito…, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt. 11, 25-30).

Pobre en la mente de Jesús es aquel que teniendo o no dinero, posee un corazón humilde y sencillo. En el evangelio el sinónimo de pobre es el hombre manso, el que no alberga en su corazón sentimientos de soberbia y orgullo. Ya en tiempos de Cristo se hablaba de los anawin que eran los pobres de Yahvé; personas piadosas que tenían a Dios como su único tesoro.

2.- Pobreza no evangélica.

Hay otro tipo de pobreza, la que nos presenta el mundo. A esa la llamamos la NO evangélica. Puede dividirse en dos. 

Una es la que atañe a lo meramente material. La carencia de bienes materiales es sin duda una pobreza. Hay personas que no tienen qué comer o donde vivir. Son muchos quienes en este mundo carecen de lo básico para satisfacer sus necesidades.

Este tipo de pobreza está ligada a la falta de educación sistemática o a la poca instrucción en el desempeño de un oficio. No estoy diciendo que todos los pobres sean personas ignorantes por carecer de benes o que no puedan desempeñar un trabajo como cualquier profesional, sino que se ha ido creando la idea de que pobreza significa mendicidad. De ahí que las personas que sean pobres porque carecen de bienes materiales piensen que deben vivir en medio de la miseria y la suciedad.

Esto me lleva a una segunda pobreza que es la de mente. No la llamo pobreza espiritual porque hemos de diferenciarla de la pobreza evangélica. Con pobreza de mente me refiero a quienes, independientemente de los bienes que posean, tienen un “rancho en la cabeza”. A veces son personas con muy baja autoestima, no pocas veces tienen grandes complejos de inferioridad y muchos de ellos terminan resentidos de la vida.

Este tipo de pobre a veces lo es tanto que lo único que le queda es el dinero que han logrado acumular. La mayoría de ellos terminan deshumanizándose y son muy peligrosos cuando llegan a ostentar cargos de poder. A este grupo pertenecen muchos o sus características se pueden constatar mimetizada en el resto de la gente.

3.- Un rancho en la cabeza.

Así pues, la mayor pobreza la llevan muchos en la cabeza que no conforme con vivir miserablemente desean que los demás también lo hagan. Hay quienes critican a los curas y a las monjas porque no somos “pobres”. También los hay que piensan que son pobres porque los demás son ricos.

Pues bien, creo que no se es más pobres porque se ande descalzo pudiendo usar zapatos. Ni porque se viva en una pocilga sucia y descuidada pudiendo vivir dignamente; no se es más pobre porque se vista uno desaliñado y maloliente pudiendo andar con ropa limpia y bien planchada. La pobreza no está reñida ni con la higiene ni con la dignidad. Ser pobre no significa casarse con la miseria. Además, el que seamos ministros de Dios no significa que debemos vivir como pordioseros. Y si en última instancia, alguien se ha lucrado con la religión de seguro tendrá que responder ante Dios de su conducta.

No niego que existan “simoníacos” (personas que se lucran por la religión) dentro de la Iglesia católica, pero ciertamente que ellos representan la minoría y no es correcto meter a todos los consagrados en el mismo saco. Amén de que es justo que también se vean las obras de caridad que, con el “cochino” dinero, muchos consagrados logramos mantener casas de albergues, escuelas, hospitales y ancianatos entre otros.

4.- La verdadera pobreza

Está en no apegarse a las posesiones; en hacer de ellas una fuente de caridad para socorrer a quienes más lo necesiten. Somos más libres cuando menos necesitamos y cuando nuestro único tesoro es Dios; cuando ponemos al servicio de los demás aquellos que somos y tenemos.

La verdadera pobreza es liberadora y nos ayuda a crecer como personas. Nos mantiene el corazón abierto al otro y nos hace más solidarios. No es ser “conformistas” lo que Dios quiere de nosotros, sino que seamos conformes con lo que tenemos y le estemos agradecidos por lo que nos da. “Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt. 6,24).

Sirvamos solo a Dios y luchemos para que todo nuestro ser y todo lo nuestro le pertenezca.

Pbro. David Trujillo

No hay comentarios:

Publicar un comentario