martes, 6 de octubre de 2020

Un cura sufre de Corona Virus 2 - La Noche Oscura del Alma


Fueron momentos críticos los que viví en mi convalecencia. Llegué a pensar que tendría un desenlace fatal. Me vi a mí mismo caminar por el umbral de la muerte. Durante esos días tuve tiempo de sobra para pensar en tantas cosas…, quien me conoce sabe que soy hiperactivo y entre otras cosas pensé que debería llevar la vida con calma.

A mi edad ya las cosas tienen otro matiz; no soy el joven de 25 años que salió del seminario con ganas de comerse el mundo. Tampoco soy el anciano que ya está masticando el agua, pero creo que debo “disfrutar” más de lo que hago y preocuparme menos de la cantidad de cosas que realizo.

En esos días entendí que biológicamente, la vida se reduce a una sola cosa: “respirar”. Sería precisamente porque se me estaba haciendo cada vez más difícil respirar y el sentir que se me iba la vida me hizo pensar así.

Hoy cuando respiro lo disfruto; lleno mis pulmones con aire y le agradezco a Dios la posibilidad de hacerlo y también pienso en quienes están como yo estuve y oro por ellos.

Es curioso que nuestro organismo trabaja en silencio y no nos damos cuenta hasta que alguno de ellos empieza a fallar. Nadie se percata del corazón que tiene hasta que se detiene o de la importancia de sus pulmones hasta que se le imposibilita poder respirar.

Estamos tentados a dejarnos llevar por un mundo que quiere pensar por nosotros y que nos invita a poner nuestra atención en cosas sin importancia. Esta enfermedad me ayudó a valorar lo que en verdad es importante, aunque pase desapercibido la mayoría de las veces.

Cada día había todo un protocolo de actuación para quienes estábamos recluidos por covid-19. Nos tomaban las muestras de sangre para los exámenes respectivos; nos hacían la placa de rayos X y nos suministraban las medicinas respectivas; desde muy temprano desfilaban por la habitación el personal médico y paramédico con sus respectivas indumentarias haciendo de manera muy profesional su trabajo.

Quisiera aquí agradecer la labor que estos hermanos nuestros prestan desinteresadamente y con tanta dedicación. Hoy siento que son héroes anónimos que poco valoramos y a quienes muchos le debemos la vida.

En Venezuela desde que empezó esta situación de pandemia han sido muchos los profesionales de la medicina que han sido contagiado por esta terrible enfermedad y han pedido la vida. Que Dios les conceda la paz eterna a quienes murieron por tratar de darle la salud a sus hermanos.

Como decía en el primer artículo, en esta enfermedad todo conspira en tu contra y como nada está escrito, sino que todo es novedoso estoy seguro que con el tiempo se tomarán mediadas para hacer menos gravosa la situación del enfermo. 

Una de esas cosas en mi caso fue la imposibilidad de poder leer o rezar mi breviario. En los primeros días porque no podía ni levantarme de la cama sin que me diera una crisis respiratoria, pero luego porque no te dan ganas de hacerlo. Apenas podía rezar el santo rosario sin emitir voz alguna y orar en mi interior.

Ofrecía a Dios aquella situación por quienes llevo dentro de mi corazón. Recuerdo haber tenido muy presente a mi diócesis, a mi parroquia, a las vocaciones y especialmente a mis hermanos sacerdotes.

Supongo que como se respira poco y mal, no se oxigena bien el cerebro por lo que no se puede llevar de modo exhaustivo un récord de lo que acontece. Solo tengo una leve idea de lo que me pasó esos días pero son imágenes borrosas y llenas de confusión.

Perdí la noción del tiempo entre otras cosas porque estaba encerrado en una habitación en la que no veía la luz del sol y en la que difícilmente podía pararme siquiera para ir al baño. Recuerdo que el sábado me sentí abrumado. Aquellas paredes se me venían encima. Fue una sensación que nunca había experimentado antes. Sentí que tocaba fondo; me sentí deprimido.

Fue en ese momento cuando entendí las palabras de Jesús en la cruz: “¿Padre, por qué me has abandonado?”. No era un mero abandono ni efecto de la soledad o el aislamiento; era más bien un desamparo total y absoluto en el que me sumergía inexorablemente. Como cuando te hundes en el abismo y no logras tocar tierra; sentí que caía y nada podía detener mi caída, pero con el agravante de que conmigo se hundía toda mi vida.

Haciendo luego una reflexión sobre aquel sábado creo que tiene que ver con lo que algunos describen como la noche oscura del alma. Yo apenas lo experimenté unos minutos y sentía morir, no quisiera pensar en lo que otros han experimentado por largo tiempo.


Oración.

Mi Señor Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, quisiera pedirte por todos aquellos que se han dedicado a prolongar tu acción misericordiosa ejerciendo la digna profesión de la medicina; médicos y enfermeros. Cuídalos a ellos de ser contagiados por alguna enfermedad peligrosa; guíalos a la hora de tomar una decisión que afecte a sus pacientes y a quienes durante este tiempo de pandemia han muerto, dales el descanso eterno.

Amén.


Pbro. David Trujillo

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