lunes, 17 de febrero de 2020

No se es cristiano impunemente



A la luz del evangelio del VI domingo del tiempo ordinario quisiera ofrecer algunas reflexiones. Lo primero que llama la atención es el nivel de exigencia que demuestra Jesús en sus palabras.

Empieza aclarando que no ha venido a abolir la ley ni a los profetas, sino a darles plenitud. A continuación nos recuerda que no se puede ser cristiano impunemente. Es decir, si nuestra justicia o santidad no es mayor que aquellos que no siguen a Cristo entonces no formamos parte de su reino. Esta expresión me lleva a formular una pregunta a mis lectores: ¿En qué se nota que sigues a Cristo? Si tu vida nada tiene de diferente con la de aquel que no es creyente entonces significa que no le perteneces a Cristo.

Se nos presentan ciertos tips que sirven para que revisemos nuestro compromiso evangélico. Uno de ellos nos habla de adulterio ante lo cual Jesús declara que quien mira a una persona con deseos impuros ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.

Así las cosas, conviene que aclaremos que el pecado no es sentir sino “consentir”. No es un pecado el mirar o el ver. Eso es parte de nuestra condición humana. Poseemos 5 sentidos y no se peca simplemente porque se vea o se oiga…, sino cuando nos quedamos embelesados viendo lo que no se debe o escuchando lo que no conviene. Ciertamente que Jesús también hizo uso de sus sentidos corporales y no pecó por eso. De ahí que también nos hable de cortar o sacar el miembro en cuestión antes que pecar. Es decir, tener la fuerza de voluntad suficiente como para no estancarnos en aquello que nos lleve irremediablemente al pecado.

Además el tema del adulterio se presta para que escribamos solo de él un artículo largo y profundo. Por ahora solo quisiera recalcar que la persona que vive en adulterio no está excomulgada de la Iglesia; está limitada como lo están quienes cometemos pecados graves. Pero esas personas no dejan de ser hijos de Dios y por lo tanto amados por Él.

Lo cierto es que si queremos seguir a Cristo hemos de practicar la virtud de la pureza. La castidad no es exclusiva para quienes nos hemos consagrados a Dios. Todo cristiano está llamado a practicarla especialmente cuando todo gira en torno a una tergiversación de la sexualidad. Adulterio viene de la palabra adulterar que significa tergiversar o contaminar.

Otra dimensión en la que se nos invita a revisarnos es en el trato con los demás. No está bien que vivamos en una continua disputa. La idea no es simplemente “no matar”. La cuestión es que hemos de tratar a los demás como a nosotros nos gustaría ser tratados.

Nuestras relaciones interpersonales se han de fundamentar en el respeto y el amor. No podemos andar por la vida insultando, menospreciando, ofendiendo ni descalificando a los demás. Mientras vayamos con nuestro prójimo por el camino, es decir, mientras estemos en esta vida, procuremos ponernos de acuerdo. Para eso existe el diálogo y las normas de convivencias.

Por último y no menos importante está el tema de la verdad. Lo contrario es la mentira que lleva consigo una carga de malicia y engaño. Siempre se ha dicho que la mentira tiene patas cortas y es que siempre sale a la luz nuestra mentira.

Además, una mentira nos lleva a otra y cuando se crea en torno nuestro un ambiente que propicia la mentira se pierde la confianza que luego resulta casi imposible de recuperar. Dios es la verdad y nos invita a vivir en ella. Relacionada a la verdad está la sinceridad, la honradez y la recta intención. Por algo Jesús afirma que la verdad nos hará libres (Jn. 8, 32).

Pbro. David Trujillo

miércoles, 12 de febrero de 2020

Somos Sal de este Mundo



Hace unos días reflexionaba sobre el signo de la luz, hoy quisiera hablar de lo que es el signo de la sal para un cristiano, ya que en el evangelio Jesús afirma que somos “sal de este mundo”. Quisiera resumir mis ideas en tres palabras:

Sabor de las cosas

La sal es el condimento básico que usamos para agradar nuestro paladar en las comidas. Una comida insípida no es agradable. Del mismo modo, el cristiano está llamado por Dios a darle sabor a la vida. 

Esto significa el ser proactivo y generoso en el servicio; procurar hacer el bien de modo desinteresado haciendo de la alegría la nota que nos caracteriza.

Existe demasiada gente que dice seguir a Cristo y vive apesadumbrado; llevan una vida sin sentido y vacía. Son gente que actúa de mala fe; hace daño solo con su presencia. Son gente tóxica con quienes no provoca pasar tiempo ya que no hace más que quejarse de todo cuanto les pasa. No creo que Dios nos haya creado para vivir un infierno anticipado en este mundo.

No todo lo que nos pasa es malo y siempre de todo cuanto ocurra podemos sacar cosas buenas incluso de lo malo.

Por otro lado es verdad que existe gente que pareciera tener solo derechos y no deberes. Esto viene a ser el extremo opuesto. La vida no es una diversión continua; existen deberes que hemos de asumir en la medida en que vamos creciendo. El pretender llevar una vida solo de placer y relajo no hace más que demostrar nuestra inmadurez.

La sal conserva

Esta es otra de las propiedades que tiene la sal. En la antigüedad e incluso en nuestros días, existen lugares en donde la sal se usa para poder conservar la carne. Pues bien, el cristiano tiene la grave responsabilidad de conservar intacto el mensaje de salvación que nos transmitió Jesucristo. No podríamos cambiar ni siquiera una coma o una tilde del evangelio.

Del mismo modo hemos de conservar nuestras bellas tradiciones evitando que sean adulteradas o tergiversadas; que el germen de la corrupción no pudra el mensaje del evangelio. Recuerdo haber visto en el mercado el “café descafeinado”. Eso lo toma quien desea disfrutar de un buen café sin tener que sufrir sus consecuencias. Pues bien, existen cristianos que pretenden desevangelizar el evangelio. Es decir, vaciar de contenido el mensaje del evangelio. Un evangelio “descafeinado” no es verdadero evangelio.

La sal arde

Otra propiedad de la sal es que quema o arde cuando entra en una herida abierta. Pero al hacerlo cura y purifica. Ahora bien, a nadie le agrada ser impopular. Pero si de verdad somos cristianos no nos queda más remedio que decir la verdad aunque eso moleste a quienes vivan en y de la mentira; hacer el bien aunque eso incomode a quienes obran el mal; amar a todos incluso a quienes nos odian y desean nuestro perjuicio.

La idea es que, como sal, procuremos sanar heridas aunque a veces seamos incomprendidos o rechazados.

El mundo en el que vivimos es demasiado insípido; está lleno de podredumbre y tristeza. Esto es un motivo más para empezar cuanto antes a ser sal en nuestro entorno.

Pbro. David Trujillo

lunes, 10 de febrero de 2020

El Valor del Signo


El título que escogí para este artículo responde al evangelio del II domingo ordinario. En él se presenta a Juan Bautista como el que señala y muestra al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Juan es un signo sensible; su misión es indicar, mostrar y llevar a Jesús. En ese mismo sentido considero que todo bautizado ha de convertirse en signo que muestre y conduzca a Jesús.

Teniendo como trasfondo esta imagen del signo, desearía hacer varias consideraciones: Un signo o una señal que nos muestra el camino hacia dónde queremos ir con el tiempo se deteriora; el agua y el sol lo opacan. Cuando vamos en la carretera vemos esas señales descoloridas y confusas; no se distinguen bien las letras y a veces confunden. Algo así ocurre con los cristianos que no se preocupan por mantener el alma limpia y reluciente, por quienes se dejan opacar por el tedio o la monotonía espiritual.

A veces confunden su falta de claridad. Parecieran estar en dos aguas; se va creando en ellos una mezcla de religiones y supersticiones que terminan por no saber a cuál pertenecen. Para ellos da lo mismo asistir a Misa que hacerse una “limpieza” o consultarse con el brujo de turno.

También ocurre con frecuencia que esas señales se mueven por el viento o por choques y terminan señalando a una dirección contraria a la que deberían. Igual ocurre con aquellos cristianos que, por llevar una vida espiritual mediocre, no indican ni señalan hacia Jesucristo, sino conducen al demonio pues alejan de Dios a quienes se dejan guiar por ellos. Son quienes se empecinan en vivir inmersos en el mal y la superstición, la impiedad y la maldad.

Ya no tanto entre los cristianos de a pie, sino entre los pastores, ocurre que en vez de conducir a Cristo, conducen hacia a sí mismos. Es decir, se convierten en el centro del mensaje desplazando o tomando así el lugar de Dios. Se convierten en showman y la gente se confunde pensando que como es un “hombre de Dios” no está mal el seguirlos. No debemos seguir hombres en este mundo. Hay una expresión fuerte del Antiguo Testamento del profeta Jeremías: “Maldito el hombre que confíe en el hombre” (Jr. 17,5) hace alusión a quienes endiosan a otros.

Siguiendo con la imagen de la flecha que indica el camino…, quisiera hacer notar que esos signos jamás llegan al lugar al cual señalan. Es curioso que muchos lleguen a su destino gracias a la ayuda de esos signos que nos muestran hacia dónde ir, pero que ellos mismos no conocen el lugar hacia el cual conducen. Eso me hace pensar en los cristianos que muestran el camino a Cristo, pero que ellos jamás le han conocido porque de lo contrario no vivirían en tinieblas.

Existen padres que se “preocupan” porque sus hijos vayan al templo o asistan a misa, pero ellos se quedan en casa. Si hay algo que caracteriza al signo cristiano es la eficacia y el testimonio. El verdadero cristiano habla de lo que ha experimentado, más de lo que ha oído de otros.

Seamos pues signos de Cristo vivo. Cuando preguntamos de qué signos somos no dudamos en responder sobre nuestro signo zodiacal, pero pocos dicen: “Yo soy signo de que Cristo vive en este mundo¨. Esta es la respuesta cristiana para aquella pregunta. Seamos signos de la presencia de Cristo en este mundo.

Pbro. David Trujillo

sábado, 8 de febrero de 2020

El Sacramento del Bautismo


Dado que hace pocos días se celebraba la solemnidad del Bautismo del Señor, fiesta con la que se cierra el ciclo de Navidad, quisiera hablar del sacramento del bautismo.

He de comenzar por decir que existen en la biblia tres tipos de bautismo. El primero de ellos es el llevado a cabo por Juan Bautista. Según nos narran los evangelistas se trataba de un signo de arrepentimiento. Este signo no es originario del pueblo de Israel, sino más bien de toda la zona. Representaba el deseo de iniciar un nuevo camino.

La gente siempre ha tenido conciencia de su condición de pecador y quien así se reconoce no puede sentirse bien. Es por eso que en la mayoría de las religiones existen gestos o ritos de purificación. Juan quiso preparar la llegada del Mesías invitando a una conversión que iniciaba precisamente con el gesto del bautismo que no era otra cosa que sumergir en el agua a quien deseaba cambiar su vida una vez que se reconocía pecador.

El segundo de los bautismos de los que nos hablan los evangelios es el de Cristo. No deja de ser un misterio la razón por las que el Señor le pide a Juan que lo bautice. El mismo Juan no sale de su asombro ante tal solicitud y se resistía a hacerlo diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti y ¿tú viene a que yo te bautice? Pero no menos misteriosa resulta la respuesta de Jesús: “Haz ahora lo que te digo porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere” (Mt. 3, 13-15).

Existen autores que explican que lo que Jesús pretende no es más que ser coherente con su condición de ser humano. Él asumió una naturaleza humana y en su solidaridad con los hombres quiere pasar por uno más.

Otra consideración afirma que él no se bautiza porque quiera purificarse de algo, sino para purificar el agua con la cual se bautizarán quienes le acepten como salvador. Una cosa sí es segura, Jesús no recibe el bautizo porque tenga conciencia de pecado. Además Él es obediente al Padre y cumple su voluntad sin más. Gran lección para quienes somos sus seguidores: hacer siempre la voluntad de Dios aun cuando en muchos casos no la entendamos.

El tercer bautismo es aquel que recibimos quienes optamos por Cristo. Es el sacramento que nos abre la puerta a los demás sacramentos y nos injerta en la vida trinitaria. Nos hace miembros de la Iglesia de Cristo y nos borra todo pecado.

Este es el sacramento que nos convierte en otros cristos en el mundo. Este signo sacramental lo conforman otros muchos signos que ayudan a iluminar el misterio que lo envuelve. Todo sacramento es un signo sensible a través del cual se nos comunica una realidad invisible.

Pues bien, los signos sensibles que componen el bautismo entre otros son: el agua que representa la vida, en efecto se nos ofrece la vida de la gracia sobrenatural. De ahí que así como celebramos nuestro nacimiento en este mundo, con mayor razón, el cristiano debería conocer el día de su bautismo y celebrarlo con dignidad. Pero el agua es signo de muerte; una crecida arrasa con todo a su paso y así el agua bautismal arrasa con el pecado que pueda haber en nosotros.

La luz es otro de esos signos y representa la iluminación que cada cristiano tiene. Él ha de ser luz del mundo para iluminar y calentar a quienes viven en tinieblas o cuyas almas están frías por el pecado.

El óleo de los catecúmenos y el Santo Crisma. El primero es para fortalecer el alma de aquel que recibirá el agua bautismal y el segundo es para consagrarnos a Dios adentrándonos en la vida intratrinitaria.

Este aceite tiene la particularidad de ser mezclado con ungüento en la misa Crismal. Pues bien, todo cristiano debe esforzarse por ser buen olor de Cristo. Pareciera un contrasentido, pero hay cristianos que “huelen a demonio”…

martes, 4 de febrero de 2020

Día de la Candelaria



Celebrar la Candelaria me da la oportunidad de hacer una reflexión sobre la luz. De ahí proviene el nombre de esta fiesta, de la candela y no en vano se coloca en boca del anciano Simeón que hablará del Niño Jesús como la luz que ha venido a alumbrar a las naciones (Lc. 2, 28). Ahora bien, me vienen a la mente cuatro palabras que se relacionan con la luz y que bien pudieran ayudarnos a profundizar sobre el tema.

La primera es iluminar. La luz sirve para que podamos ver el camino y en un mundo tan entenebrecido se hace necesario contar con la luz que nos ayude a ver hacia dónde vamos. Cristo es luz porque nos ilumina y, al igual que Él hemos de iluminar, es decir, orientar y mostrar el camino de quienes están a nuestro alrededor.

Iluminar con los mismos criterios usados por Cristo cuando vivió en este mundo. Sin imposiciones de ningún tipo. La luz no se impone a la fuerza y basta con hacer acto de presencia para que las tinieblas desaparezcan. Lo peor es que a veces nos habituamos tanto a la oscuridad que hasta la luz nos resulta incómoda…

La segunda palabra es purificación. Es el fuego (o candela) lo que purifica el metal más duro; dice que el fuego acaba con todo. De hecho al purgatorio lo representamos como un lugar en el que las almas se purifican con fuego.

En este sentido cuando tratamos de cumplir con lo que Dios manda nos purificamos. No es fácil negarse a sí mismo y cargar la cruz de cada día, pero eso sirve para purificarnos.

A través de las pruebas y de los obstáculos podríamos purificarnos. Enfrentar la verdad (luz) nos permitiría deslastrarnos de mucho peso muerto que no nos deja caminar con libertad.

La tercera palabra es alegría. Me ha tocado estar en lugares donde, en tiempo de invierno, el sol no se logra ver. Son días tremendamente tristes y ensombrecidos. Es fácil que en días así la gente se deprima. Pero basta con que algún rayo de sol aparezca en el firmamento para hacer que el estado de ánimo cambie.

La luz es sinónimo de esperanza y de alegría. Nos recuerda que detrás de las nubes entenebrecidas hay un sol que no deja de brillar.

La cuarta y última palabra es calor. Cuando se está en una temperatura bajo cero el fuego nos ayuda a calentarnos. Hay demasiada gente con el corazón helado; son indiferentes y apáticos para las cosas buenas.

Por eso es importante que exista la luz de Dios que nos haga arder el corazón. Solo el amor de Dios puede hacer ese milagro. No en vano durante Pentecostés el Espíritu Santo desciende y se posa sobre los presentes en una llamarada de fuego.

Pbro. David Trujillo